Origen y desarrollo hasta nuestros días
LEGADO > OSCURANTISMO
Jesús dijo que los cristianos debían ser la ‘luz del mundo’ iluminando el conocimiento de la Palabra de Dios. Los cristianos eran personas que habían sido instruidas en las enseñanzas de Jesús (los judíos que se hicieron cristianos ya tenían un conocimiento de las Escrituras Hebreas o Antiguo Testamento).
Poco antes de ascender al cielo les dijo a sus discípulos que debían “… enseñar a observar todas las cosas que él había mandado” (Mateo 28:19,20). Sin embargo, con la Institucionalización de la cristiandad, eso cambio radicalmente.
La llamada «era del oscurantismo» designa el periodo europeo que siguió a la caída del Imperio Romano. Durante siglos, la cristiandad ejerció un dominio total sobre la sociedad europea, sustentado principalmente en el temor a la condenación eterna.
La religión impregnaba toda la vida cotidiana, siendo el único marco válido para comprender el mundo y actuar en él. En este contexto, la Iglesia Católica monopolizó el saber. Lejos de fomentar la búsqueda libre del conocimiento, la institución subordinó la razón a la fe.
El pensamiento crítico fue activamente reemplazado por el dogma. Este control intelectual no fue accidental, sino una herramienta para mantener la sumisión de las masas. La ignorancia se convirtió, de hecho, en un instrumento de control. La educación quedó estrictamente reservada al clero. Se censuraron ideas, se persiguió a científicos y se prohibieron textos considerados heréticos.
Este control absoluto sobre la interpretación de la vida, el mundo y la salvación, permitió a la Iglesia exigir la sumisión total del pueblo llano, que vivía en condiciones miserables, dominado por la superstición y el miedo a la condena.
Esta manipulación del temor fue económicamente rentable, ya que las donaciones a la Iglesia eran frecuentes, impulsadas por la desesperada búsqueda de la salvación. Además, floreció el culto a las reliquias veneradas por los fieles, lo que contribuyó a la acumulación de riqueza y poder material por parte de la institución.
Si el Oscurantismo controló la mente a través de la ignorancia, la ‘Santa’ Inquisición terminó controlando el cuerpo mediante el terror físico y procesal. La Inquisición, instaurada oficialmente en el siglo XIII, se estableció como uno de los instrumentos de control ideológico más implacables de la historia europea.
El pretexto de su creación fue preservar la pureza de la fe, pero su función práctica fue la de un mecanismo de poder destinado a someter conciencias, eliminar disidencias y reforzar la autoridad de la Iglesia y de los monarcas aliados.
Alianza entre Trono y Altar
El primer gran tribunal fue establecido por el papa Gregorio IX en 1231 para combatir la herejía, especialmente la de los cátaros. Sin embargo, su estructura más temible y política se consolidó con la Inquisición Española en 1478 bajo los Reyes Católicos.
La alianza entre la religión y el Estado permitió la creación de un régimen de terror legal y moral cuyo principal objetivo era eliminar cualquier amenaza al poder establecido, tanto espiritual como secular, garantizando la sumisión de las masas y el flujo de riquezas. El miedo, la ignorancia y la tortura fueron los cimientos sobre los que la Iglesia medieval construyó su dominio incontestable.
Las víctimas de la Inquisición fueron: judíos, musulmanes, protestantes, científicos, mujeres acusadas de brujería o simplemente personas cuyas ideas se apartaban del dogma oficial. A lo largo de los siglos, esta extendió su influencia a Italia, Portugal y América Latina, dejando tras de sí un legado de miedo, censura y sumisión.
Bastaba una denuncia anónima para que alguien fuese arrestado, sometido a un interrogatorio y, en la mayoría de los casos, a torturas diseñadas para quebrar la voluntad. Estas prácticas —el potro, la garrucha, el tormento del agua— eran aplicadas con la aprobación eclesiástica, bajo el pretexto de “salvar el alma” del acusado.
Francis Pegna, un comentarista de la Inquisición, escribió que, si la tortura «no producía nada la primera vez», podía repetirse si el juez consideraba que el prisionero se mostraba «insensible» o mentía. Los juicios inquisitoriales eran una farsa procesal. La defensa era casi imposible: los acusados no conocían el nombre de sus delatores ni las pruebas concretas en su contra.
Las sentencias más leves implicaban confiscación de bienes, humillación pública o encarcelamiento; las más severas culminaban en el ‘auto de fe’, espectáculo macabro en el que los condenados eran quemados vivos frente al pueblo, en nombre de la verdad divina.
En España, la Inquisición, bajo Torquemada, fusionó la pureza religiosa con la pureza racial, ordenando en 1484 que los hijos y nietos de los condenados no pudieran ocupar cargos públicos u honores, ni ser promovidos a las órdenes religiosas. Durante la Reforma, la lucha religiosa en España identificó al protestantismo con la «sangre impura,» es decir, con la mancha judía, reforzando la ortodoxia con el racismo.
Felipe II escribió que «Todas las herejías que han aparecido en Alemania y Francia siempre fueron iniciadas por descendientes de judíos».
La Inquisición eliminó a los intelectuales españoles partidarios de Erasmo, creando un ambiente donde «es peligroso hablar o guardar silencio». Este espíritu de intolerancia se manifestó también en la persecución de la brujería.
Los Jesuitas, aunque inicialmente se opusieron a los estatutos de limpieza de sangre, se destacaron en la caza de brujas. La quema de brujas se agravó en todos los lugares donde ellos llevaron triunfalmente «su Contrarreforma».
Miguel Servet fue un médico, teólogo y humanista español que se destacó por sus estudios en teología, astronomía, meteorología y medicina. Fue uno de los primeros en describir correctamente la circulación pulmonar de la sangre.
Sin embargo, su mayor conflicto con la Iglesia (tanto católica como protestante) surgió por sus ideas teológicas. Servet rechazaba la doctrina de la Trinidad, argumentando que no tenía base bíblica y era una invención posterior. Dios es uno solo, y Jesús es su Hijo, pero no un Dios eterno e igual al Padre. El Espíritu Santo no es una «persona» de la Trinidad, sino la presencia activa de Dios.
En 1553, Servet fue arrestado por la Inquisición en Francia, pero logró escapar. Cometió un error fatal: pasó por Ginebra, ciudad controlada por Juan Calvino. Fue arrestado por las autoridades protestantes de Ginebra. Fue acusado de herejía antitrinitaria y blasfemia. A pesar de que algunas figuras protestantes pidieron una ejecución más «humana» (como la decapitación), Calvino insistió en que fuera quemado vivo. El 27 de octubre de 1553, Servet fue quemado en la hoguera con su libro ‘Christianismi Restitutio’ atado a su cuerpo.
En Campo de’ Fiori, Roma, mediante el ‘Santo Oficio romano’ se tomaron medidas contra el filósofo y exmonje dominico Giordano Bruno. Fue procesado por herejía. Tras un larguísimo juicio, fue quemado vivo, desnudo y con la lengua amordazada para que no hablara.
En Valladolid (España). La Inquisición, bajo Felipe II acusó a Agustín de Cazalla, su familia y otros presuntos “luteranos”. Se celebró uno de los ‘autos de fe’ más conocidos. Agustín de Cazalla (teólogo y capellán del emperador Carlos V), fue torturado, condenado por “herejía luterana” y quemado en la hoguera junto a varios familiares. Las ejecuciones fueron públicas. Sus casas fueron arrasadas y su familia deshonrada durante generaciones.
El tribunal de la Inquisición de Logroño acusó María de Ximildegui, María de Jureteguía y muchas más. Más de 300 personas fueron investigadas por supuesta brujería. Llegó al famoso ‘auto de fe’ del 7 de noviembre de 1610, donde seis personas fueron quemadas vivas. Cinco más fueron quemadas en efigie porque habían muerto en prisión… bajo circunstancias “misteriosas”. El propio inquisidor Alonso de Salazar y Frías dejó informes detallados.
En Lisboa (Portugal). En abril de 1506, los dominicos acusaron a los ‘cristianos nuevos’ (judíos convertidos) de blasfemia. Se desató un pogromo que duró tres días. Murieron entre 1.000–2.000 personas, muchas quemadas vivas en la propia plaza.






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