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El dolor como virtud: doctrina y práctica

Servir a Dios nos hace felices
Servir a Dios nos hace felices

Un Dios feliz

Contrario a la imagen de una deidad que se deleita en el dolor de sus siervos, la Biblia habla del creador como el «Dios feliz» (1 Timoteo 1:11). Un padre que desea que sus adoradores disfruten de la vida y de las cosas buenas que ha creado.

Sin embargo, ideas filosóficas y paganas que se introdujeron en los primeros siglos influyeron en la forma de ver el servicio a Dios.

La historia de las prácticas de autocastigo y mortificación corporal se puede seguir con cierta continuidad cronológica.

  • En primer lugar, la penitencia para obtener el perdón de Dios, bajo la idea de que, si el ser humano peca debe sufrir, pues su sufrimiento paga o limpia sus faltas. Esta mentalidad fue enseñada durante siglos desde púlpitos, catecismos y manuales de confesores.
  • En segundo lugar, la petición de favores mediante promesas, bajo la fórmula de que, si Dios concede algo, la persona cumple una penitencia.
  • En tercer lugar, la devoción imitativa, es decir, imitar el sufrimiento de Cristo como acto de entrega, algo presente en cofradías, procesiones de Semana Santa y penitencias públicas.
  • Y, en cuarto lugar, la tradición cultural, por la cual estas prácticas se convierten en elementos identitarios transmitidos de generación en generación.

Las mortificaciones

En los siglos III al V aparecen las primeras mortificaciones monásticas. En el siglo XI surgen las primeras cofradías de flagelantes; en 1260 se registra la primera marcha masiva de flagelantes en Italia; entre 1348 y 1349 se produce la gran explosión de flagelantes a causa de la peste; entre los siglos XVI y XVIII la práctica se vuelve común en órdenes religiosas; y entre los siglos XIX y XX entra en declive general, aunque sigue presente en entornos tradicionales.

El dolor ‘nos acerca a Cristo’

En esa misma línea, la teología afirmó durante siglos que el sufrimiento aproxima a Cristo porque Él mismo sufrió; que el dolor paga los pecados; y que aceptar la enfermedad sin quejarse constituye un mérito espiritual. El dolor era, por tanto, visto como una herramienta divina. De ahí proceden expresiones como “purificación del dolor” o “el sufrimiento santifica”.

El dolor llevado a la práctica

Esta misma lógica teológica desembocó en prácticas concretas de autocastigo y mortificación corporal. La autoflagelación, los cilicios y otras formas de mortificación fueron promovidas explícitamente y están documentadas desde la Edad Media hasta el siglo XX.

En el monacato del desierto de los siglos III al V, los ‘Padres del Desierto’ practicaban golpes con varas, cadenas, dormir sobre espinas y el uso de cilicios primitivos de pelo de cabra.

Simeón el Estilita llevó esta lógica al extremo al permanecer 37 años sobre una columna como penitencia. En la Edad Media, surgieron las cofradías de flagelantes; tras la peste negra de 1348-1350, miles de personas marchaban golpeándose con látigos de cuero con clavos para compartir el sufrimiento de Cristo. En la Edad Moderna, franciscanos, dominicos, carmelitas descalzos y jesuitas incorporaron en sus reglas la flagelación de la espalda y el uso de cilicios, entendidos como hebras de metal o púas ajustadas al muslo. Entre los ejemplos citados figuran:

Santa Catalina de Siena, que se flagelaba hasta sangrar.

San Pedro de Alcántara, que dormía sobre un tronco y se flagelaba con hierro.

San Ignacio de Loyola, que usaba disciplinas y ayunos severos.

San Agustín defendió en el ‘Enchiridion’ que Dios usa el sufrimiento para purificar y disciplinar, afirmando que “los castigos temporales sirven para corregir y purificar al hombre”. En su pensamiento, el dolor es pedagógico, higiénico y espiritualmente útil.

Tomás de Aquino, por su parte, explicó en el siglo XIII que el purgatorio consiste en penas purificadoras y justificó el sufrimiento como remedio del alma, al sostener que “la pena purifica el alma como el fuego purifica el oro” y que el dolor impuesto por Dios funciona como una medicina que limpia las manchas del pecado.

El Catecismo Romano de 1566, afirma que “las almas son atormentadas con penas que purifican sus culpas” y que sufren grandemente para limpiarse.

Fray Luis de Granada, en obras como ‘Guía de Pecadores e Introducción al Símbolo de la Fe’, escribió que “el dolor es medicina que Dios aplica para limpiar el alma”, añadiendo que “Dios hiere para sanar y purifica el corazón con el fuego del dolor”.

Teresa de Jesús predicó el sufrimiento como vía hacia la santidad y afirmó que “el padecer es gran cosa cuando es por Dios; purifica y engrandece el alma”, insistiendo además en que el Señor da trabajos para limpiarnos y hacernos crecer. En obras como ‘Camino de Perfección y Las Moradas’ defendió con claridad el sufrimiento como vía inevitable hacia la santidad.

Juan de la Cruz, en su doctrina de la “noche oscura”, presentó el proceso espiritual como una purificación dolorosa: “el alma se purifica por medio de la noche del sentido, llena de penas y trabajos”.

Fray Luis de León en;De los Nombres de Cristo’ sostuvo que “los trabajos y dolores son fuego que limpia y purifica”.

Agustín de Hipona (354-430) fusionó la filosofía platónica con las doctrinas cristianas
Agustin de Hipona

Las raíces doctrinales

Las raíces doctrinales de la autoflagelación fueron tres:

  • Purificar el alma mediante el dolor
  • Participar en la Pasión de Cristo
  • Dominar la carne.

Someter a las pasiones

Golpear el cuerpo servía, así, para someter las pasiones. Durante siglos, además, la institución ejerció un control estricto sobre quién podía hablar, cantar o interpretar las Escrituras. En 681, el Concilio de Constantinopla prohibió oficialmente la predicación desde el púlpito por parte de los legos.

En 1588, el papa Sixto V prohibió a la mujer cantar en los escenarios del teatro y la ópera, veto reiterado por Inocencio XI un siglo más tarde. A partir de 1599 se reconoció oficialmente la existencia de los castrados o castrati: para suplir la ausencia de voces femeninas en los coros de las iglesias, debido a la interpretación restrictiva de las palabras de Pablo —“las mujeres callen en las iglesias”—, se recurrió a la castración de niños para conservar sus voces agudas, y miles de ellos fueron sometidos a esa mutilación en nombre del servicio litúrgico.

Desde una perspectiva sistemática, puede decirse que la doctrina de la “purificación del dolor” fue una verdadera doctrina oficial, una teología sistemática, una moral enseñada y una práctica pastoral. El dolor fue presentado como instrumento divino y esa idea se interiorizó durante generaciones.

Tomás de Aquino
Tomás de Aquino

Era moderna

Los catecismos y manuales españoles del siglo XIX y parte del XX enseñaban todavía que Dios manda enfermedades para purificar, que el sufrimiento es castigo medicinal, que la cruz que Dios da limpia de faltas y que los dolores aceptados purifican. Entre los textos escolares vigentes se citan el Catecismo del Padre Astete, usado en España hasta los años cincuenta, que explicaba que Dios nos prueba con dolores para purificarnos de pecados, y el Catecismo del Padre Ripalda, que afirmaba que las penas temporales purifican al alma y la disponen para la gloria.

En el tiempo presente

A día de hoy siguen existiendo expresiones visibles, públicas y aceptadas por autoridades locales. En Filipinas, durante la Semana Santa en Pampanga, algunos hombres se flagelan públicamente y otros llegan incluso a ser crucificados con clavos reales. En México, especialmente en Taxco, Guerrero, persisten las cofradías de los encruzados y los flagelantes, que utilizan cadenas, espinas y disciplinas desde el siglo XVII hasta hoy. En España, aunque las formas extremas están prohibidas, continúa el uso de penitentes descalzos, cilicios en cofradías y promesas como caminar de rodillas en santuarios como El Rocío.

Teresa de Jesús
Teresa de Jesús

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