Origen y desarrollo hasta nuestros días
BIBLIA > LA BIBLIA EN ESPAÑA
Tan temprano como en el siglo XII, la Biblia se tradujo al romance o español antiguo, el lenguaje que hablaba la gente común. Además, cuando el idioma español empezó a desarrollarse, surgió interés en tener la Biblia en el lenguaje vernáculo.
El Concilio de Tolosa (Francia), que se reunió en 1229, declaró: “Prohibimos asimismo que no se permita a los laicos tener los libros del Antiguo y Nuevo [Testamento], en tal caso el Salterio o el Breviario [libro de himnos y rezos] […] si alguno por devoción [los] quiere tener; pero no tengan los libros mencionados traducidos en romance”.
En 1233 un sínodo provincial de Tarragona, España, ordenó que se entregaran todos los libros del «Antiguo o el Nuevo Testamento». “Nadie puede poseer los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento en lengua romance, y si alguien los posee, debe entregarlos al obispo local dentro de ocho días después de la publicación de este decreto, para que sean quemados”.
El rey Alfonso X (1252-1284), considerado el padre de la prosa española, quería contar con las Escrituras en español y patrocinó su traducción. Entre otras versiones de este período se encuentran la llamada Biblia prealfonsina y la Biblia Alfonsina, que vio la luz poco después y era la más completa de la época. La Biblia alfonsina (1280) es la más antigua en español y una de las primeras en un idioma europeo que no fuera el latín. Es una traducción del latín de la Vulgata.
Ya en el siglo XV, un ejemplo destacado es la Biblia de Alba, que se completó en dicho siglo. Un prominente noble español llamado Luis de Guzmán encargó al rabino Moisés Arragel la traducción de la Biblia al español castizo (puro) y explicó las razones de su solicitud.
Copistas adiestrados reprodujeron concienzudamente exquisitos manuscritos bíblicos. Aunque a 20 escribas les tomaba todo un año producir un solo manuscrito de primera clase, muchas Biblias latinas y millares de comentarios sobre la Biblia latina circulaban en España para el siglo XV. La Biblia de Alba fue traducida y comentada por el rabino Mosé Arragel de Guadalajara entre 1422 y 1430.
El manuscrito original es famoso por sus miniaturas. Contiene 334 ilustraciones que representan escenas bíblicas, lo cual es inusual para una obra de origen judío (debido a la prohibición de imágenes), pero necesario para el gusto de la nobleza cristiana de la época.
Con los reyes católicos se estableció la inquisición española. En 1492, tan solo en la ciudad de Salamanca, se quemaron 20 copias manuscritas de la Biblia cuyo valor era incalculable. Los únicos manuscritos bíblicos en romance que sobrevivieron fueron los que se hallaban en las bibliotecas personales del rey o de algunos nobles poderosos que estaban fuera de sospecha.
En 1541 Jerónimo López escribió lo siguiente: “Es un error muy peligroso enseñar ciencia a los indios y todavía lo es más poner la Biblia […] en sus manos. […] En nuestra España, se han perdido muchas personas de esa manera”.
Entre 1551 y 1559 la Inquisición proscribió oficialmente la Biblia en cualquiera de las lenguas vernáculas de España. La simple posesión de una podía terminar en que se ordenara la muerte de la persona.
Un día de octubre de 1559, unos 200.000 católicos españoles se reunieron en la ciudad de Valladolid. Los atrajo allí un auto de fe, en el cual “dos de las víctimas fueron quemadas vivas; diez, estranguladas”. Esas víctimas eran “herejes”. El popular y joven rey Felipe II presidió personalmente el acto público. Cuando uno de los condenados pidió clemencia, el rey replicó: “Si mi propio hijo fuera tan malvado como usted, yo mismo cargaría el haz de leña para quemarlo”. ¿Qué delito había cometido la desventurada víctima? Simplemente había estado leyendo la Biblia.
Al mismo tiempo, el aparato de la Inquisición católica estaba ocupado en la ciudad de Sevilla. Allá un grupo de monjes del monasterio de San Isidro del Campo acababa de recibir un envío secreto de la Biblia en español. ¿Los traicionarían los delatores? Algunos que se dieron cuenta de que peligraba su vida huyeron del país. Pero a 40 de los que permanecieron no les fue tan bien, pues se les quemó en la hoguera, entre ellos el mismísimo hombre que había introducido de contrabando las Biblias en el país.
Como escribió el sacerdote católico romano Edward J. Ciuba: “Hay que reconocer honradamente que una de las consecuencias más trágicas de la Reforma protestante fue que los fieles católicos descuidaron la Biblia. Aunque nunca fue olvidada por completo, para la mayoría de ellos la Biblia era un libro cerrado”.
En el libro Fifteenth Century Bibles, Wendell Prime escribió: “Treinta años después de la invención de la imprenta, la Inquisición medraba en España. De las 342.000 personas que castigó en ese país, 32.000 fueron quemadas vivas. Fue la Biblia lo que las llevó a las llamas del martirio. […] Ahora bien, las calles de las ciudades europeas se iluminaron con hogueras de Biblias. Estas no eran como sus lectores, a quienes se podía reducir a la miseria, desnudar, torturar, mutilar y desterrar. Solo una hoja que se conservara podía horadar la negrura de esta oscuridad como una estrella”.
Entre 1287 y 1290, Jaume de Montjuich realizó la primera traducción al catalán completa de la Biblia por órdenes del rey Alfonso II de Cataluña y Aragón. Una de esas versiones, la Biblia rimada, es una traducción parcial hecha en verso para facilitar la memorización del texto.
A principios del siglo XV, Bonifacio Ferrer tradujo la Biblia al valenciano. Esta fue la primera Biblia impresa en España (año 1478).
Con respecto a este libro, la obra The Cambridge History of the Bible dice: “La traducción catalana de Bonifacio Ferrer se imprimió en Valencia (España) en 1478; todos los ejemplares existentes fueron destruidos por la Inquisición antes de 1500, si bien en la biblioteca de la Sociedad Hispánica de América en Nueva York se conserva una sola hoja”.
En 1571, Juan de Lizárraga tradujo al euskera las Escrituras Griegas (o Nuevo Testamento) gracias al patrocinio de la reina de Navarra. Su trabajo sentó las bases para una gramática unificada de dicho idioma. Se ha dicho que Lizárraga hizo por el vasco lo que Jerónimo por el latín y Martín Lutero por el alemán.
En 1989 se publicó la primera edición completa de la Biblia en gallego, titulada «A Biblia», un proyecto llevado a cabo por la Sociedade de Estudos, Publicacións e Traballos (SEPT). Esta versión fue traducida directamente de las lenguas originales (hebreo, arameo y griego) al gallego.
A finales del siglo XVIII, la Iglesia Católica en España permitió que se tradujera la Biblia al español, pero solo con la condición de que la traducción se hiciera de la Vulgata latina e incluyera notas que explicaran la doctrina católica. En 1790, el obispo Felipe Scío de San Miguel publicó una traducción de la Vulgata al español. Desgraciadamente era cara —1.300 reales, un precio prohibitivo en aquel tiempo—, y sus expresiones eran tan confusas que un historiador español la calificó de “desdichadísima”.
Sin embargo, a pesar de estos avances, el sentimiento oficial de la jerarquía eclesiástica hacia la amplia distribución de la Biblia entre el pueblo seguía siendo de sospecha. En 1816, el papa Pío VII denunció a las sociedades bíblicas que distribuían la Biblia en idiomas vernáculos, calificando su labor de «un plan astuto por el cual los fundamentos mismos de la religión son socavados».
Distintas traducciones de la Biblia
El rey español Fernando VII ordenó al obispo de Astorga, Félix Torres Amat, que hiciera una traducción mejorada, basada también en la Vulgata latina. Esta traducción salió en 1823 y recibió una distribución más extensa que la traducción de Scío. Sin embargo, puesto que no se basaba en el hebreo y el griego originales, tenía las desventajas de no ser una traducción de los manuscritos de los idiomas originales.
En 1944 la iglesia española imprimió su primera traducción de las Santas Escrituras basada en los idiomas originales… unos 375 años después de la traducción de Casiodoro de Reina. Fue la traducción de los escriturarios católicos Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga. La primera traducción completa de la Biblia de sus idiomas originales al español realizada por la iglesia católica, la versión Nácar-Colunga, no llegó sino hasta 1944.
A esta le siguió en 1947 la traducción de José María Bover y Francisco Cantera Burgos. Desde entonces ha habido una inundación de traducciones españolas de la Biblia.








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