Origen y desarrollo hasta nuestros días
LEGADO > LA COLONIZACIÓN
En los relatos bíblicos, Jesús nunca promovió la imposición de la fe. Al contrario, enseñó que sus seguidores debían actuar con amor y respeto hacia los demás. Dejó claro que sus discípulos no debían recurrir a la fuerza para defender ni expandir su fe.
En lugar de imponer, Jesús invitaba. Su método era enseñar y razonar con las personas. Era un proceso voluntario, basado en la enseñanza y el amor altruista, no en la coerción. La congregación cristiana del primer siglo siguió ese mismo modelo. Los cristianos predicaban con la palabra y el ejemplo, no con armas.
Sin embargo, desde 1492, la cristianización de América quedó representada por la imagen de la cruz y la espada. La cruz simbolizaba la fe, la autoridad espiritual y la “salvación” según la Iglesia. Fue utilizada como estandarte de conquista y sometimiento, funcionando como un sello de propiedad sobre las personas. Por su parte, la espada representaba la fuerza militar, el poder político y la imposición física de la obediencia. En este marco, la religión se convirtió en el instrumento ideológico que justificó el sometimiento de pueblos enteros.
Uno de los mecanismos empleados fue el ‘Requerimiento’, documento leído a los nativos —con frecuencia en castellano, idioma incomprensible para ellos— mediante el cual se exigía su sumisión directa al rey y al Papa. El incumplimiento de esta exigencia implicaba guerra y esclavitud.
Junto a ello, se desarrollaron acciones militares y religiosas que incluyeron la destrucción de templos y civilizaciones milenarias, la imposición de dogmas europeos y la participación activa del clero, que bendecía campañas militares y legitimaba la inferioridad de los indígenas.
Entre los principales agentes de este proceso se encontraban misioneros franciscanos, dominicos y jesuitas.
Al mismo tiempo, se produjo una reinterpretación de costumbres indígenas para hacerlas compatibles con la doctrina oficial. Así, fiestas paganas fueron convertidas en celebraciones de santos o de la Virgen. Esta dinámica formó parte de una estrategia de control por la cual se permitía conservar prácticas consideradas “inofensivas”, siempre que fueran reinterpretadas bajo la fe cristiana. El control militar garantizaba que la conversión no fuese opcional.
En México, entre 1519 y 1521, Hernán Cortés y sus aliados conquistaron Tenochtitlán, mientras los misioneros bautizaban y destruían ídolos.
En Perú, entre 1532 y 1533, Francisco Pizarro se enfrentó al Imperio Inca, y las iglesias fueron construidas sobre templos incas como símbolo del reemplazo de la religión local.
La trata transatlántica tuvo entre sus causas el agotamiento de la mano de obra indígena, provocado por la violencia, las enfermedades y el trabajo forzado.
Su magnitud fue enorme: más de doce millones de personas fueron deportadas desde África hacia América a lo largo de más de tres siglos. La justificación teológica incluyó la apelación a la “voluntad divina” para autorizar el negocio.
El sistema comercial
El sistema comercial siguió una ruta triangular. Desde Europa salían barcos cargados de mercancías para intercambiar por esclavos en África.
Desde África hacia América, en el denominado ‘Middle Passage’, los cautivos eran conducidos a Estados Unidos, Brasil o las Antillas. Finalmente, desde América retornaban a Europa barcos cargados con tesoros y productos americanos.
Los llamados ‘coffles’ consistían en largas hileras de seres humanos encadenados que caminaban hasta la costa. Las condiciones del traslado eran extremas: marchas de ocho a nueve horas diarias, equivalentes a unos treinta kilómetros al día, mientras portaban cargas sobre sus cabezas e incluso piedras para dificultar la huida.
La mortalidad en tierra era elevada. Raymond Jalamá, mercader de Luanda, calculaba que la mitad de los cautivos se perdía por fugas o muertes antes de llegar al mar.
Antes del embarque, el cirujano del barco verificaba la salud de los cautivos revisando boca, genitales y músculos, tras lo cual eran marcados con hierro candente.
El hacinamiento era extremo: entre 400 y 600 personas por barco, en espacios de cincuenta centímetros de ancho por individuo. El denominado “Parque de Negros” se ubicaba en el entrepuente, bajo la cubierta.
Las condiciones a bordo se caracterizaban por higiene inexistente, aire viciado, calor insoportable y humedad constante. Se empleaban grilletes para evitar rebeliones o suicidios, y hombres, mujeres y bebés eran separados.
La mortalidad en el mar alcanzó entre el 25% y el 28% en el siglo XVII. A finales del siglo XVIII descendió al 11%, y en el siglo XIX, ya en contexto de clandestinidad, volvió al 15%.
Al llegar a América, los recién llegados eran alimentados y bañados para mejorar su aspecto de cara a la venta. Los mecanismos de comercialización incluían exposición en cercados, subastas o venta por lotes. Además, se aplicó una desarticulación social deliberada mediante la separación de familias y grupos étnicos con el objetivo de evitar conspiraciones.
El esclavo carecía de personalidad jurídica y de derechos. Su condición quedaba reducida a la de un “objeto inanimado” susceptible de ser revendido o intercambiado.
Existió participación directa de sacerdotes y clérigos, quienes poseyeron esclavos y administraron plantaciones. También hubo una acción disciplinaria en la que ministros de la fe bendecían castigos brutales como los latigazos.
En la América esclavista, sobre todo en el sur de Estados Unidos, hubo defensores ‘cristianos’ de la esclavitud que apelaron a la Biblia y a una supuesta jerarquía querida por Dios para justificarla; algunos textos de la época llegaron incluso a presentar a los negros como una raza creada para la subordinación. Harvard (Universidad) resume que esos teólogos describían el cristianismo como una religión de “jerarquía, orden y sumisión”, y un folleto de 1860 conservado en la Library of Congress afirmaba que la raza negra había sido creada como “subjects” y que la esclavitud negra tenía sanción divina. Todo esto realizado por naciones que pertenecían a la cristiandad.
En el plano institucional
En el plano institucional, la Iglesia tardó siglos en emitir una condena clara. Ni Roma ni las denominaciones reformadas se pronunciaron universalmente hasta el siglo XIX. En resumen, la teología quedó transformada en coartada moral de un sistema que marcó indeleblemente a los continentes americano y africano.






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