Cristianismo o cristiandad

Origen y desarrollo hasta nuestros días

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La cristiandad y la Biblia

Antíoco IV Epífanes emprendió una política de helenización y represión contra los judíos
Antíoco IV Epífanes y su política de helenización y represión contra los judíos

Los inicios de la persecución

Las Escrituras Hebreas habían sido completadas mucho antes de la era cristiana (Nehemías en el 443 a.E.C.) Sin embargo, hombres poderosos —desde emperadores hasta líderes religiosos— intentaron acabar con ellas. Una historia judía comenta: “Rompieron y quemaron todos los rollos de la ley que encontraron”. The Jewish Encyclopedia relata: “Los oficiales encargados de ejecutar esta orden lo hicieron con implacable rigor […]. Poseer un libro sagrado […] se castigaba con la muerte”.

Los judíos habían establecido comunidades en otras naciones y cada sinagoga tenía su colección de rollos. En sus sinagogas conservaban copias de las Escrituras; las mismas copias que usaron las siguientes generaciones, incluidos también los cristianos.

Los expertos calculan que, para el siglo primero, más del 60% de los judíos vivían fuera de Israel. Independientemente de la cantidad de copias que se quemara en Jerusalén y Judea, no se logró eliminar por completo las Escrituras.

Alrededor de 167 a. C., Antíoco IV Epífanes emprendió una política de helenización y represión religiosa contra los judíos; según 1 Macabeos, sus funcionarios “hicieron pedazos y quemaron los rollos de la Ley allá donde los encontraban —escribió el historiador Heinrich Graetz—, y mataron a quienes hallaban leyéndolos en busca de fortaleza y consuelo”.

En el año 303, el emperador romano Diocleciano estaba convencido de que podía eliminar el cristianismo destruyendo sus libros sagrados, lo que le llevó a decretar la quema pública de Biblias por todo su imperio. Promulgó una serie de edictos cada vez más severos contra los cristianos, provocando lo que algunos historiadores denominan “la Gran Persecución”. El primer edicto ordenó el derribo de los lugares de reunión de los cristianos y la quema de las Escrituras.

Tres meses después del primer edicto de Diocleciano, el gobernador de Cirta (ciudad del norte de África conocida hoy como Constantina) ordenó a los cristianos que entregaran todos sus “escritos de la ley” y sus “copias de las escrituras”. Negarse a obedecer resultaría en muerte. Es un hecho lamentable que montones de preciados manuscritos bíblicos hayan sido quemados en las calles.

Harry Y. Gamble, profesor de Estudios Religiosos de la Universidad de Virginia (Estados Unidos), escribió: “Diocleciano dio por descontado que toda comunidad cristiana, dondequiera que se hallara, poseía una colección de libros, y sabía que estos eran indispensables para su existencia”. El historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea (Palestina), que vivió en aquel entonces, escribió: “Con nuestros propios ojos hemos visto las casas de oración, desde la cumbre a los cimientos, enteramente arrasadas, y las divinas y sagradas Escrituras entregadas al fuego en medio de las plazas públicas”.

Lo que hundió al cristianismo en la oscuridad

Existen testimonios sobre cristianos que prefirieron la tortura y la muerte antes que entregar sus Biblias para que las destruyeran. Personas, como Félix de Thiabara (África), rehusaron entregar las Escrituras. Él dijo: ‘Prefiero que me quemen a mí a que quemen las divinas Escrituras.’ Pagó con la vida. Pero miles de fragmentos y manuscritos antiguos han sobrevivido hasta nuestros días.

No obstante, algunas se salvaron, y de estas se hicieron reproducciones. De hecho, han llegado hasta nosotros extensas secciones de dos Biblias en griego realizadas probablemente poco después de la persecución de Diocleciano. Una se conserva en Roma y la otra en la British Library de Londres.

Emperador Constantino

Lo que ocurrió después fue lo que hundió al cristianismo en la oscuridad. En el 312, Constantino invadió Roma y con el tiempo fue el emperador. Una de las primeras cosas que hizo fue terminar oficialmente con la persecución, les devolvió las propiedades a los cristianos y les dio privilegios especiales. Constantino se rodeó de cristianos y los llamó hermanos. Quería unir a toda la gente del imperio bajo una religión universal.

Costumbres y celebraciones paganas recibieron nombres cristianos. Y a los “ancianos cristianos” les dieron la ropa, la fama, el salario y el prestigio de los sacerdotes paganos. No todos los cristianos, pero muchísimos aceptaron a Constantino. Agradecieron los cambios que hizo e incluso dijeron: “Eres un ángel enviado por Dios para protegernos”. Estos cristianos dieron la bienvenida a multitudes de paganos que empezaron a entrar en el “cristianismo”.

Estos veían a Constantino como “cristiano”, pero no lo era. Todavía era oficialmente el sumo sacerdote del paganismo romano y se tomaba la libertad de poner y quitar líderes de la iglesia. Para el año 325 había un debate acalorado sobre si Dios y Jesús son la misma persona. Así que se reunieron en Nicea y allá fueron los cristianos, algunos de ellos heridos y mutilados por culpa de la persecución. El credo niceno, los obispos reunidos y Constantino dieron: “Dios y Jesús son de la misma sustancia”. Y allí se pusieron las bases de la doctrina de la Trinidad.

El 'cristianismo' le dio la espalda a Dios

La gran persecución de Diocleciano no logró acabar con los cristianos. Pero estos (los cristianos) le dieron la espalda a Dios cuando el mundo los aceptó. Una vez un escritor comparó esto a una competición de judo. Dijo: “En judo no tienes que ser más grande ni más fuerte que tu oponente, solo tienes que empujar y él te devuelve el empuje, y cuando él te empuja, tú tiras o jalas de él, y es su peso y su fuerza lo que lo hace caer y puede acabar muy lejos”.

Diocleciano empujó a la iglesia, Constantino tiró de ella y la tumbó, y la iglesia se estrelló contra el suelo. Y cien años después no se parecía en nada al cristianismo verdadero. En ese momento los cristianos eran conocidos por su violencia, su crueldad, sus relaciones políticas y sus envidias. La apostasía había echado raíces. Y esta oscuridad era tan grande que el poder que tenían Roma y la iglesia dio inicio a la llamada Edad Oscura.

Constantino presidiendo el concilio de Nicea
Constantino presidiendo el concilio de Nicea

“Las Santas Escrituras por sí mismas, que nos inspiran la fe, que es precursora del conocimiento, de nada le sirven a uno a menos que las entienda correctamente,” dijo Agustín, un líder eclesiástico del siglo cuarto. Orígenes, en su obra De Principiis, dijo lo siguiente: “Puesto que aún se conserva la enseñanza de la Iglesia, que ha sido transmitida en sucesión ordenada desde los apóstoles y permanece en las iglesias hasta el día actual, como verdad solo se debe aceptar aquello, que en ningún aspecto difiere de la tradición eclesiástica y apostólica”.

La ‘alta crítica’ de la Biblia y el racionalismo

La escolástica se convirtió en un método influyente de enseñanza y resolución de problemas doctrinales. Al armonizar la fe cristiana con la filosofía aristotélica, se creó una estructura lógica compleja que, aunque impresionante desde el punto de vista intelectual, a menudo se alejaba de la sencillez del mensaje original. La escolástica sirvió para “intelectualizar” la fe, haciendo que la interpretación de la Biblia fuera una tarea técnica y árida que solo los doctos podían emprender.

Durante la Edad Media, la Iglesia no solo controlaba la espiritualidad, sino también el acceso al saber académico. Las universidades, que surgieron a partir del siglo XII, estaban bajo la tutela eclesiástica. El currículo estaba diseñado para que toda rama del conocimiento —la filosofía, el derecho y las artes— estuviera subordinada a la teología. Este sistema aseguraba que cualquier avance intelectual fuera filtrado por la ortodoxia de la época.

La escolástica fue el movimiento teológico y filosófico de la Europa medieval
La escolástica fue el movimiento teológico y filosófico de la Europa medieval

Los papas Gregorio VII e Inocencio III

A finales del siglo XI, el papa Gregorio VII escribió a Vratislao, duque de Bohemia, para explicarle por qué no le permitía traducir la Biblia al idioma de sus súbditos. El papa argumentó: “A los que lo consideran con frecuencia, les es claro que no sin razón a placido a Dios Omnipotente que la Sagrada Escritura sea un secreto en ciertos lugares, para que, si estuviera expuesta a todos los hombres, tal vez se envileciera y estuviera sujeta a falta de respeto; o que fuera malentendida por personas de mediana erudición, y condujera al error”.

Inocencio III

En 1199, el papa Inocencio III escribió una carta al arzobispo de Metz a raíz de que habían aparecido Biblias en alemán. En ella dijo que “los misterios de la fe [no deberían] ser expuestos a todos en todas partes, ya que no pueden ser comprendidos por todos en todas partes, sino solo por aquellos que pueden entenderlos con una mente fiel”. Ordenó al arzobispo: “Por lo tanto, procura que […] los que se han atrevido a traducir las Sagradas Escrituras al idioma común, o que han osado leerlas, sean […] castigados”.

Asimismo, se informa que ejemplares de sus Biblias fueron quemados porque, como explicó entonces un juez religioso o inquisidor: “Han traducido el Viejo Testamento y el Nuevo Testamento a la lengua vulgar [común], y de ese modo lo enseñan y aprenden”. Este mismo inquisidor añadió: “He oído y visto a cierto campesino ignorante que recitaba a Job, palabra por palabra; y a muchos que conocían perfectamente el entero Nuevo Testamento”.

El papa Gregorio VII escribió a Vratislao, duque de Bohemia
El papa Gregorio VII escribió a Vratislao, duque de Bohemia

En el Concilio de Toulouse de 1229 se ordenó que en cada parroquia algunos hombres hicieran lo siguiente: “Buscar con diligencia, lealtad y frecuencia a los herejes […] en todas las casas y cámaras subterráneas que están bajo sospecha. […] La casa en la que se encuentre un hereje sea destruida”. En dicho concilio, se prohibió a los laicos poseer los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, salvo quizá el Salterio, el Breviario o el libro de las Horas, y se les vedó expresamente cualquier traducción de esos libros a la lengua vulgar.

En 1401 el Parlamento inglés declaró que cualquier persona que poseyera la Biblia en la lengua común debería ser “quemada en un lugar alto ante la gente, para que tal castigo infunda temor en la mente de otros”.

En 1407 el sínodo clerical convocado en Oxford, Inglaterra, por el arzobispo Thomas Arundel prohibió expresamente que la Biblia se tradujera al inglés o a cualquier otra lengua moderna.

Este mandato fue reforzado en 1414 por una ley que castigaba a las personas que leyeran las Escrituras en inglés. Estas perderían tierra, ganado, bienes y la vida. En Lincolnshire a “James Brewster se le acusó de poseer cierto librito bíblico en inglés”. Agnes Ashford había enseñado a un hombre “parte del Sermón del Monte”. Fue llevada ante seis obispos, y enfáticamente recibió la advertencia de no enseñar estas cosas, ni siquiera a sus hijos.

En 1431, también en Inglaterra, el obispo Stafford, de Wells, vedó la traducción de la Biblia al inglés, o poseerla en ese idioma.

El Concilio de Toulouse de 1229
El Concilio de Toulouse de 1229
Los Lolardos

Los Lolardos

(aprox. 1380-1430)

Biografía

John Wycliffe y la Biblia en inglés

Su traducción, conocida como la Biblia de Wycliffe, fue ampliamente copiada y distribuida por sus seguidores, conocidos como los Lolardos. Muchas de las personas comunes no sabían leer. Los Lolardos, eran seguidores de Wycliffe. Se organizó un grupo de hombres, para que fueran a leer la Biblia a la gente.

En 1377, el obispo de Londres exigió que Wycliffe compareciera ante su corte para explicar las «asombrosas cosas que habían brotado de su boca». El juicio contra John Wycliffe en la catedral St Paul de Londres tuvo lugar el 3 de febrero de 1377, aunque la audiencia fue considerada una farsa. El proceso comenzó con una pelea violenta sobre si Wycliffe debería sentarse o no. Juan de Gaunt, hijo del rey y aliado de Wycliffe, insistió en que los acusados permanecieran sentados, mientras que el obispo le exigió que se pusiera de pie. Cuando el Papa se enteró del fiasco, emitió una bula papal [una carta o documento papal oficial] en la que acusó a Wycliffe de «vomitar de la mazmorra sucia de su corazón las más perversas y condenables herejías». Como consecuencia, Wycliffe fue acusado de herejía y puesto bajo arresto domiciliario. Más tarde, se vio obligado a retirarse de su puesto como Maestro del Colegio Balliol, Oxford.

Se presentó un proyecto de ley ante el Parlamento en 1391 para prohibir la Biblia en inglés y encarcelar a cualquiera que poseyera una copia. El proyecto de ley no fue aprobado, John de Gaunt se encargó de eso en el parlamento, pero la Iglesia de Inglaterra emitió una condena oficial contra la traducción de la Biblia en inglés.

En un esfuerzo por obtener reformas legales y de carácter más permanente, en 1395 se presentó al Parlamento un manifiesto en el cual se enumeraban los artículos principales de la creencia de los Lolardos. Este manifiesto también se clavó en las puertas de la catedral de San Pablo y de otras iglesias notables. Los obispos, enfurecidos, apelaron al rey Ricardo II para que tomara medidas. Él hizo que los cabecillas se sometieran por medio de atemorizarlos, y el Parlamento rechazó la petición. Desde ese tiempo en adelante los obispos buscaron el modo de obtener decretos más precisos para deshacerse de los Lolardos.

Para el comienzo del siglo quince los Lolardos todavía estaban recibiendo el apoyo de amigos influyentes que habían ayudado a detener muchos de los ataques que se habían dirigido en contra de estos predicadores. Pero el nuevo rey, Enrique IV, debía su dominio a la Iglesia Romana. Aunque su padre, Juan de Gante, había sido uno de los amigos más leales de Wiclef, Enrique de Lancaster fue lo contrario. En 1401, el Parlamento pasó un estatuto que dio a los obispos el verdadero respaldo para quemar a los herejes. En 1401, cuando se sometió a juicio a John Purvey, éste se retractó. Sin embargo, otro líder sobresaliente, William Sawtry, rehusó alterar su convicción de que, después de la consagración por el sacerdote, el pan seguía siendo pan literal y no pasaba por ninguna transubstanciación. Al cabo de dos días de discusiones, Sawtry fue quemado en la hoguera en el mercado ganadero de Smithfield, en Londres. Nota: la forma habitual del nombre es William Sawtrey/Sawtrey.

A pesar de esta victoria, el arzobispo de Canterbury, Thomas de Arundel, procedía con cautela. Todavía se apoyaba mucho a los Lolardos en algunos condados, y los obispos de aquellos sectores no se atrevían a tomar la delantera en la persecución contra éstos. Cuando Juan Badby, sastre de Evesham, en Worcestershire, fue llevado a la hoguera en 1410, el joven príncipe Enrique fue a verlo personalmente para tratar de instarle a cambiar de opinión. Hubo un momento en que se quitaron los haces de leña, pero todo esfuerzo por persuadirlo fracasó. Finalmente se puso fuego a la leña.

Cuando el príncipe llegó a ser el rey Enrique V, todavía quedó decidido a continuar la norma de su padre. Hizo arrestar a un eminente Lolardo, Sir John Oldcastle, pues Enrique V pensó que tal ejemplo sería más eficaz para acabar con la obra de los herejes. Cuando Oldcastle logró escapar de la Torre de Londres, sus apoyadores se levantaron en armas para defenderlo. Este fue uno de los errores más graves que cometieron, puesto que habían renunciado a la guerra porque estaba en contra de los principios del cristianismo. Cuando fracasaron en su intento por secuestrar al rey en Eltham, cerca de Londres, marcharon hacia St. Giles’ Fields en Londres para unirse a otros grupos. Pero todos fueron capturados o vencidos. Aunque Oldcastle escapó y evitó la captura por tres años, finalmente fue arrestado y quemado en la hoguera en 1417.

Los libros de Wycliffe habían de ser quemados y sus restos sacados de su tumba y echados fuera del «suelo consagrado». A dos obispos que sirvieron sucesivamente en Lincoln esta acción les pareció tan repugnante que no se llevó a cabo sino hasta 1428. Entonces, el cuerpo de Wiclef fue desenterrado y quemado, y sus cenizas fueron esparcidas en el cercano río Swift.

Persecución persistente y supervivencia de los Lolardos

Sus seguidores, los Lolardos, fueron perseguidos, y muchos fueron quemados en la hoguera por propagar la herejía de difundir la Biblia en vernáculo. Desafiando a la Iglesia y el Estado, hombres valientes arriesgaron su vida para traducir la Biblia en la lengua del pueblo. Los Lolardos sobrevivieron a través de todo este período. Cuando en Inglaterra se introdujeron los escritos de Lutero, las congregaciones de los Lolardos se mezclaron con el nuevo movimiento, por lo semejantes que eran las enseñanzas de unos y otros.

Testimonio simbólico de 1572

Fue natural que algunas personas vieran en esta acción vil un significado simbólico: Así como las aguas del río llevaron sus cenizas al ancho océano, así las enseñanzas de Wycliffe se estaban esparciendo por todo el mundo. Un testimonio de 1572 pintó a Wycliffe encendiendo la chispa, a Hus avivando las brasas, y a Lutero sosteniendo en alto la antorcha.

John Wycliffe puso en moción muchas de las ideas y principios que salieron a la superficie en el siglo dieciséis cuando la Reforma removió algunas de las tradiciones y enseñanzas que se habían desarrollado durante el oscurantismo y la época medieval.

Concilio de Trento

En 1546, el Concilio de Trento determinó que nadie, aparte de la Iglesia Católica, podía imprimir libros religiosos, incluidas las traducciones de la Biblia. El concilio decretó: “Que en adelante la Sagrada Escritura […] se imprima de la manera más correcta posible, y a nadie sea lícito imprimir o hacer imprimir cualesquiera libros sobre materias sagradas sin el nombre del autor, ni venderlos en lo futuro ni tampoco retenerlos consigo, si primero no hubieren sido examinados y aprobados por el [obispo diocesano]”.

En el Concilio se reafirmó que la Vulgata latina era la única versión “auténtica” de la Biblia, a pesar de que para entonces el latín era un idioma muerto. El concilio también emitió una serie de decretos que se oponían implacablemente a las versiones bíblicas en lenguas vernáculas.

Fosilizar la Biblia

Aquellas autoridades religiosas no trataban de destruir la Biblia. Querían fosilizarla, mantenerla en un idioma que solo unos pocos pudieran leer. Sin embargo, a pesar del gran esfuerzo que se hizo por erradicar las Biblias destinadas a la gente común, se salvaron muchos ejemplares. Los amantes de la Palabra de Dios habían traducido la Biblia completa y circulaban ediciones impresas en varios idiomas, así como secciones grandes en otras lenguas.

La traducción de la Biblia a la lengua materna no se veía como un acto de piedad, sino como una ofensa que amenazaba la existencia misma de la Iglesia, llevando a cabo una persecución feroz y sistemática que la historia ha calificado como una “sangrienta historia”.

El Concilio de Trento de 1546
El Concilio de Trento de 1546

A lo largo de la Edad Media, las autoridades eclesiásticas de la Iglesia Católica utilizaron la Inquisición para perseguir a aquellos que se atrevieran a traducir la Biblia a lenguas vernáculas o difundir interpretaciones que no estuvieran aprobadas por la Iglesia. Entre las tácticas más comunes estaban:

  • El exilio: Los traductores de la Biblia eran a menudo forzados a huir de sus países o a esconderse para evitar ser arrestados y quemados en la hoguera.
  • La quema de libros: Las traducciones de la Biblia eran quemadas públicamente, especialmente en las plazas o en tribunales eclesiásticos.
  • La tortura: Los inquisidores usaban métodos de tortura para obtener confesiones de los que defendían la traducción de la Biblia en vernáculo, acusándolos de herejes y blasfemos.

La Enciclopedia Cattolica dice: “La Sede de Roma intervino por primera vez en 1559, cuando Pablo IV, en su Índice de libros prohibidos, proscribió la impresión o posesión de Biblias vernáculas sin la autorización del Santo Oficio”. El índice publicado en 1596 fue aún más restrictivo, pues ya no se autorizaría la traducción ni impresión de Biblias en el idioma del pueblo, y los ejemplares existentes tendrían que ser destruidos. Como consecuencia, la quema de Biblias en las plazas públicas se multiplicó a finales del siglo XVI.

En 1525, el Parlamento Francés prohibió las traducciones de las Sagradas Escrituras en la lengua vernácula, y al año siguiente, su posesión. Pese a ello, se imprimieron miles de Biblias en francés, muchas de las cuales se introdujeron de manera clandestina en el país y se repartieron gracias a valerosos vendedores ambulantes. Uno de ellos fue un joven de nombre Pierre Chapot, quien fue detenido y ejecutado en 1546. En 1551, la Francia católica finalmente tomó la medida drástica de prohibir a los mercaderes itinerantes la venta de libros, ya que “porta[ba]n a escondidas libros procedentes de Ginebra”, es decir, de los protestantes.

Sin embargo, la prohibición fue inefectiva, pues siguieron introduciéndose grandes cantidades de Biblias, con frecuencia de formato pequeño, por todo medio posible, como por ejemplo, en el fondo falso de barriles de vino, o en las bodegas de los barcos. A un hombre intrépido llamado Denis Le Vair lo arrestaron mientras transportaba un barril lleno de Biblias y también lo ejecutaron.

No fue solo la Iglesia Católica la que procuró alejar la Biblia de la gente común. A principios del siglo XIX, Pavsky, profesor de la Academia de Teología de San Petersburgo, tradujo del griego al ruso el Evangelio de Mateo. También se tradujeron al ruso otros libros de las Escrituras Griegas Cristianas, y Pavsky fue el editor. Se distribuyeron extensamente hasta que en 1826, mediante unas maniobras eclesiásticas, se convenció al zar de que colocara a la Sociedad de la Biblia Rusa bajo la dirección del “Santo Sínodo” de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que entonces puso fin eficazmente a su labor.

Más tarde, Pavsky tradujo las Escrituras Hebreas al ruso. Por aquel entonces, Makarios, archimandrita de la Iglesia Ortodoxa, también tradujo las Escrituras Hebreas del hebreo al ruso. Se castigó a ambos por su labor, y sus traducciones terminaron en los archivos de la Iglesia. Esta se había resuelto a mantener la Biblia en el eslavo antiguo, que en aquel tiempo la gente común ni leía ni entendía. En 1856, cuando ya no pudo resistir el esfuerzo de la gente por conseguir conocimiento de la Biblia, el “Santo Sínodo” emprendió su propia traducción, siguiendo directrices cuidadosamente estudiadas para que las expresiones que se utilizaran se conformaran a las opiniones de la Iglesia.

La inquisición sobre la Biblia
La inquisición sobre la Biblia

Sociedad Bíblica Británica y Extranjera

La Biblia se difundiría por todo el mundo con un movimiento cuyo origen, curiosamente, lo desencadenó una galesa de 16 años llamada Mary Jones, quien en 1800 caminó 40 kilómetros descalza para comprarle a un clérigo la Biblia en galés con sus ahorros de seis años. Cuando se enteró de que se habían agotado las existencias, no pudo menos que llorar abatida. Conmovido, el religioso le dio una de Biblia personal. Más tarde, el eclesiástico reflexionó en cuántos más requerían Biblias, y trató el asunto con sus amigos de Londres. Como consecuencia, en 1804 se fundó la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, con un sencillo objetivo fundamental: proporcionar a la gente Biblias económicas en su idioma nativo y “sin notas ni comentarios”.

Aunque sus fundadores pretendían eludir las controversias doctrinales excluyendo los comentarios marginales (en varias ocasiones hubo disensión por cuestiones como los libros apócrifos, el bautismo por inmersión y la Trinidad). El entusiasmo inicial se difundió con rapidez, de modo que para 1813 ya existían sociedades hermanas en Alemania, los Países Bajos, Dinamarca y Rusia, y más tarde se formaron en otros países.

La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera
La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera

Durante el siglo XIX, los papas emitieron una serie de decretos que se oponían implacablemente a las versiones bíblicas en lenguas vernáculas. Aun en 1897, el papa León XIII reafirmó que quedaban “prohibidas todas las versiones de los Libros Sagrados elaboradas por escritores acatólicos en cualquier lengua vulgar, en particular las editadas por las sociedades bíblicas, las cuales han sido condenadas por el Romano Pontífice en diversas ocasiones”.

No obstante, la asequibilidad de las Biblias protestantes editadas por las sociedades bíblicas llevó a que la Iglesia Católica autorizara a los eruditos católicos a traducir las Sagradas Escrituras al francés. La versión de Augustin Crampon, publicada originalmente en siete volúmenes (1894-1904) y luego en uno solo (1904), fue la primera versión católica en francés con base en los textos originales. Es de destacar que Crampon introdujo múltiples notas eruditas y utilizó con profusión la forma francesa del nombre divino: Jéhovah.

A principios del siglo XX, la Biblia ya se imprimía en numerosos idiomas europeos. Antes de terminar el año crucial de 1914, la Biblia se publicaba, entera o en parte, en 157 lenguas africanas, además del inglés, francés y portugués, idiomas muy extendidos en aquel continente. De este modo, se puso el fundamento para enseñar las verdades bíblicas a las personas de las muchas tribus y grupos nacionales.

El Vaticano dio un giro radical al publicar finalmente en 1943 la encíclica Divino Afflante Spiritu, donde dictó las reglas para traducir la Biblia a las lenguas vernáculas. Desde entonces se han editado muchas versiones católicas, como la popular Biblia de Jerusalén, que se publicó primero en francés y luego sirvió de base para traducciones a otros idiomas, entre ellos el español.

La transición desde las prohibiciones medievales y los índices de libros prohibidos hasta la apertura de los siglos XIX y XX marca el camino hacia la libertad de conciencia moderna. A pesar de la resistencia institucional, que se mantuvo firme incluso hasta finales del siglo XIX con decretos que condenaban a las sociedades bíblicas, la difusión masiva de la Biblia terminó por erosionar el antiguo sistema de control.

El imprimatur (sello de aprobación del Vaticano)
El imprimatur (autorización eclesiástica católica para publicar una obra)

EL PROYECTO

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