Cristianismo o cristiandad

Origen y desarrollo hasta nuestros días

LEGADO > LAS GUERRAS EN NOMBRE DE DIOS

Las guerras en nombre de Dios

Jesús frente a Pilato
Jesús frente a Pilato
Un cristiano evangelizando y un Zelote con intención de matar
Un cristiano evangelizando y un Zelote con intención de matar

Jesús enseñó un cristianismo basado en el amor

Las guerras han provocado algunas de las mayores tragedias de la historia, y la cristiandad no ha permanecido ajena a esa mancha.

Sin embargo, los cristianos del primer siglo se caracterizaban por aplicar el principio del amor altruista y la no participación en conflictos bélicos mediante una postura de neutralidad absoluta, basada estrictamente en las enseñanzas de Jesucristo.

Durante los primeros siglos de nuestra era, los cristianos se negaron a formar parte de las legiones romanas. Los seguidores de Jesús entendían que sus armas no eran carnales, sino espirituales (2 Corintios 10:3, 4).

Edward Gibbon en su obra: “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano”, señala que «era imposible que los cristianos fueran soldados […] sin renunciar a un deber más sagrado». Para ellos, el mandato de Jesús de «amar a sus enemigos» (Mateo 5:44) y la advertencia de que «todos los que toman la espada perecerán por la espada» (Mateo 26:52) hacían que el servicio militar fuera incompatible con su fe.

El mandato de Jesús en Juan 13:34, 35 de «amarse unos a otros» no era un sentimiento pasivo, sino una guía de acción que trascendía fronteras nacionales. Los cristianos del primer siglo formaban una hermandad internacional que no permitía que las diferencias étnicas o políticas los llevaran a matarse entre sí.

La iglesia primitiva consideraba la guerra como una «iniquidad organizada» con la que no podían tener relación. Al considerar a todos los creyentes como hermanos, el uso de la violencia contra cualquier ser humano se oponía directamente al espíritu de sacrificio y amor que Jesús ejemplificó.

Esta postura les permitió mantener su unidad y evitar ser arrastrados a las guerras civiles y conflictos fronterizos del Imperio. El contraste entre el judaísmo nacionalista y el cristianismo del primer siglo fue absoluto, especialmente en su respuesta a la ocupación romana. Mientras que diversas facciones judías buscaban la liberación política mediante la fuerza, los cristianos adoptaron una postura de neutralidad basada en las enseñanzas de Jesús.

“La guerra justa”

La doctrina de la ‘Guerra Justa’ (Bellum Iustum) fue sistematizada por Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II, q. 40). Según esta formulación, una guerra solo podía considerarse legítima bajo tres condiciones:

  • Autoridad legítima (Auctoritas Principis), es decir, declarada por quien ostenta soberanía.
  • Causa justa (Causa Iusta), como reacción ante una falta grave o injusticia.
  • Intención recta (Intentio Recta), buscando exclusivamente promover el bien o evitar el mal con finalidad de paz.

Promesas a cambio de participar en ellas

La Iglesia legitimó campañas declarando guerras “justas” y prometiendo indulgencias; y mantuvo influencia económica gracias al control de propiedades y ejércitos feudales por parte de obispos (el derecho canónico prohibía derramar sangre, razón por la cual clérigos combatientes empleaban mazas de guerra en lugar de espadas).

Las cruzadas

La historia de las cruzadas y de las guerras santas se enmarca en una paradoja fundamental: la fe cristiana, basada en el amor al prójimo, vio posteriormente cómo se justificaba la violencia. En este proceso, se representó el símbolo de la cruz (a partir del siglo IV) en un emblema de victoria militar y poder político.

De este modo, la cruz pasó a funcionar como arma de Estado: el emperador fue concebido como vicario de Dios y sus conquistas territoriales pudieron presentarse como “guerras de Dios” bajo la idea de ‘Imperium Christianum’. En consecuencia, la cruz comenzó a aparecer en monedas, empuñaduras de espadas y estandartes de las legiones.

El asedio a la ciudad de Acre
El asedio a la ciudad de Acre

En 1095, durante el Concilio de Clermont, Urbano II convocó la Primera Cruzada con objetivos religiosos y políticos. Ordenó acudir a liberar Jerusalén y prometió salvación eterna e indulgencia plenaria a quienes murieran en combate. La multitud respondió con el grito “¡Deus vult!” (“Dios lo quiere”), lema que definió la mentalidad de aquellas campañas.

Con ello, la Iglesia legitimó la violencia contra los “infieles” como un deber cristiano y como prueba física del favor divino. La Primera Cruzada (1096-1099) movilizó a reyes, nobles, caballeros y campesinos hacia Oriente Medio. Sin embargo, antes de alcanzar Oriente, grupos cruzados arrasaron comunidades judías enteras en el Rin bajo la idea de “purificar el camino”.

El 15 de julio de 1099 tuvo lugar la toma de Jerusalén, donde los cruzados masacraron a miles de musulmanes, judíos e incluso cristianos orientales. Las crónicas del asedio describen sangre “hasta los tobillos” en el Templo y calles cubiertas de cadáveres sobre los que avanzaban los combatientes.

La Segunda Cruzada, centrada en la región de Edessa, fracasó por falta de organización y por la resistencia musulmana. Más tarde, en 1187, la Batalla de Hattin permitió a Saladino reconquistar Jerusalén, con la captura y asesinato de miles de cruzados.

Esta contó con la participación de Ricardo Corazón de León, Felipe II de Francia y Federico I Barbarroja. Dentro de ella destacó el Sitio de Acre (1189-1191), estratégico por su puerto y por el suministro de tropas. En 1191, tras la toma de la ciudad, los cruzados ejecutaron a unos 2.000 prisioneros musulmanes.

Convocada por Inocencio III para reconquistar Jerusalén, terminó desviándose hacia Constantinopla. El 13 de abril de 1204, los cruzados saquearon la capital bizantina ‘cristiana ortodoxa’, robaron reliquias y destruyeron iconos.

A diferencia de las anteriores, esta fue la primera planeada íntegramente por el papado (Inocencio III y Honorio III). Su estrategia fue atacar Egipto, considerado el centro del poder de la dinastía Ayubí y la «llave» para asegurar Tierra Santa.

En 1218, los cruzados desembarcaron en el delta del Nilo y pusieron sitio a la ciudad portuaria de Damieta. Tras un asedio agotador de más de un año, la ciudad cayó en 1219. Ante la pérdida de Damieta, el Sultán al-Kamil ofreció una tregua: entregar Jerusalén, Belén y Nazaret a los cristianos a cambio de que estos abandonaran Egipto.

Sin embargo, el legado papal, el cardenal Pelagio Galvani, se opuso radicalmente a la oferta. Pelagio, que ejercía un control absoluto sobre las decisiones militares amparado en su autoridad eclesial, insistía en una victoria total y en la destrucción del poder musulmán. El intento fue un fracaso y los cruzados se vieron obligados a rendirse. Para salvar la vida, tuvieron que devolver Damieta y firmar una tregua de ocho años.

Dirigida por Federico II, recuperó Jerusalén mediante negociación sin derramamiento de sangre. Esta vía diplomática provocó la reacción de Gregorio IX, quien excomulgó dos veces a Federico II por pactar con el enemigo.

Finalmente, en 1291, el sultán mameluco Al-Ashraf Khalil tomó Acre y ordenó una masacre masiva de defensores ‘cristianos’.

El papa julio II que fue a la guerra y mando construir la capilla sixtina
El papa julio II que fue a la guerra y mando construir la capilla sixtina

Conflictos internos y cruzadas europeas (siglos XI-XIII)

Las cruzadas no se limitaron a ‘Tierra Santa’. El Papado fomentó también guerras civiles en Italia y en el Sacro Imperio contra emperadores o reyes que desafiaban su autoridad.

Entre 1209 y 1229 se desarrolló la Cruzada contra los cátaros o albigenses, convocada por Inocencio III para erradicar la herejía en el sur de Francia. El 22 de julio de 1209 tuvo lugar la matanza de Béziers, donde una población estimada entre 10.000 y 14.000 habitantes fue masacrada bajo el mando del legado papal Arnaud Amalric. A este episodio se vincula la frase: “Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos”.

En el frente hispánico, la llamada Reconquista situó el conflicto en el propio territorio peninsular, enfrentando a Castilla, Aragón, Navarra y Portugal con almorávides y almohades. El Papado otorgó bula de cruzada a los reyes hispánicos y prohibió expresamente a los caballeros españoles acudir a Oriente. En 1212, la Batalla de las Navas de Tolosa fue considerada la “Cruzada Española” y convocada formalmente por Inocencio III.

La expansión otomana y el fin de la Edad Media (siglos XIV-XV)

Durante la Guerra de los Cien Años, obispos y alto clero actuaron como señores feudales con ejércitos propios y derecho al botín de guerra. En la Batalla de Agincourt (1415), miembros del clero participaron en la retaguardia mediante liturgia de combate, soporte administrativo e intercesión espiritual. Bajo Enrique V, el sistema de ‘indentures’ permitió al clero gestionar contratos de guerra y participar en rescates de prisioneros y captura de reliquias.

La Batalla de Agincourt (1415)
La Batalla de Agincourt (1415)

El siglo de las guerras de religión (siglos XVI-XVII)

La Reforma Protestante del siglo XVI, impulsada por Martín Lutero, Juan Calvino y Ulrico Zuinglio, provocó una ruptura profunda en la cristiandad occidental y desafió la autoridad papal.

Las Guerras de Religión en Francia (1562-1598) enfrentaron a católicos apoyados por el Papado y a hugonotes calvinistas. Paralelamente, la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) opuso a la España católica y a los Países Bajos protestantes por independencia política y religiosa.

En 1571, la Batalla de Lepanto permitió a la ‘Liga Santa’ frenar la hegemonía naval turca en el Mediterráneo. Un año después, el 24 de agosto de 1572, la Masacre de San Bartolomé causó la muerte de miles de hugonotes en París.

La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) comenzó en el Sacro Imperio como conflicto religioso entre príncipes protestantes y el emperador católico. A ello se sumó la Guerra Civil Inglesa (1642-1651), marcada por tensiones entre realistas considerados simpatizantes del catolicismo y parlamentaristas puritanos.

Cruzada contra los cátaros, convocada por Inocencio III
Cruzada contra los cátaros, convocada por Inocencio III

EL PROYECTO

«Este portal es un repositorio de investigación histórico-bíblica, fruto de años de recopilación y análisis. Se ofrece como recurso de estudio para aquellos interesados en profundizar en los orígenes del cristianismo y el posterior desarrollo de la cristiandad».

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