Origen y desarrollo hasta nuestros días
LEGADO > LOS ABUSOS
La evangelización del primer siglo se caracterizó por el amor ágape y el uso de la razón para llegar al corazón de las personas. El apóstol Pablo de Tarso enseñaba de forma lógica y razonada. Por ejemplo, “Según su costumbre, Pablo entró y por tres sábados razonó con ellos, usando las Escrituras, explicando y probando con referencias que el Cristo tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos…” (Hechos 17:2, 3)
El apóstol Juan el apóstol destacó el amor como base del cristianismo. “El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:8,11). El amor altruista sería la marca del verdadero cristiano.
El apóstol Pedro animó a defender la fe con respeto y buena conducta (1 Pedro 3:15). Y del mismo modo expresó Santiago en su carta hablando de ser ejemplos del vivir cristiano (Santiago 2:17). Vemos un patrón claro. Los cristianos del primer siglo enseñaban con argumentos basados en las Escrituras, mostraban amor sincero y vivían de acuerdo con lo que predicaban. Pero, ¿Cómo fue la conquista de Tenerife o América? ¿Siguió el patrón que Jesús y los apóstoles enseñaron y practicaron?
La Iglesia tuvo un papel real durante la conquista de Tenerife. Su función se concentró en la legitimación ideológica (justificación) y consolidación posterior.
La expansión castellana se entendía dentro de la lógica de la Cristiandad del siglo XV:
Esta motivación combinaba intereses económicos, estratégicos y religiosos. Después de la conquista había una función central; A los nativos o guanches que sobrevivieron a la conquista se les realizaban bautismos masivos y creando estructuras eclesiásticas e institucionalización diocesana (consolidada con la diócesis en San Cristóbal de La Laguna en el siglo XVI).
Tras la conquista de Tenerife (1496) hubo esclavización de guanches. Durante la guerra (1494–1495): los prisioneros capturados en combate podían ser vendidos como esclavos según la lógica jurídica de la época (guerra contra “no cristianos”). Tras la conquista: parte de la población fue repartida, deportada o vendida en mercados peninsulares o en otras islas.
Casos concretos
Existía una legitimación moral del marco de conquista. El discurso de evangelización ofrecía una cobertura moral a la expansión. La doctrina de la “guerra justa” permitía considerar legítima la esclavización de cautivos de guerra no bautizados.
Clérigos acompañaron las huestes como capellanes, sancionando simbólicamente la empresa. En la práctica facilitó que se aceptaran abusos. Su respaldo ideológico contribuyó a crear un entorno en el que estas prácticas pudieron desarrollarse con mayor facilidad.
Clérigos como propietarios de esclavos
Está documentado que algunos eclesiásticos poseían esclavos, incluidos indígenas canarios, algo legal dentro del marco de la época. Esto implicaba una participación directa en el sistema. Instituciones eclesiásticas recibieron tierras y rentas tras la conquista. Para explotar las tierras utilizaban mano de obra forzada o servil.
En Gran Canaria, protocolos notariales de finales del siglo XV recogen operaciones en las que el deán de la catedral —Juan de Frías— aparece adquiriendo y vendiendo esclavos. Los documentos detallan precios, procedencia y transmisión de propiedad. La Iglesia, como institución, formaba parte del sistema imperial bajo el Patronato Real, estrechamente ligado a la Corona.
En muchas pinturas de los siglos XVI al XIX sobre la conquista de América aparecen dos figuras recurrentes:
Esta dualidad reflejaba la mentalidad de la época: unidad entre expansión política y misión religiosa. Servía para expresar la idea de la Cristiandad como proyecto común entre Corona e Iglesia. Y usada para justificar moralmente la conquista.
La presencia de clérigos en expediciones a América era una idea muy arraigada en la Cristiandad, donde la autoridad del rey y la misión evangelizadora se percibían como partes de un mismo orden. En diversas regiones (Mesoamérica, Andes) se destruyeron templos, ídolos y códices para imponer el ‘cristianismo’ como religión obligatoria.
Con la llegada de órdenes como los franciscanos se impulsaron bautismos masivos, participaron en la extirpación de cultos indígenas y se destruyeron o sustituyeron templos.
En el virreinato del Perú (siglos XVI–XVII) se realizaron campañas sistemáticas contra religiones locales, destruyendo objetos sagrados (huacas) y realizando procesos judiciales religiosos.
Aunque en Norteamérica la historia es distinta en ritmo y actores respecto a Hispanoamérica, el patrón general incluye desplazamiento, violencia y pérdida territorial masiva de pueblos indígenas.
Desde el siglo XVII, principalmente ingleses, franceses y españoles establecieron colonias. Se firmaron tratados frecuentemente incumplidos y se produjeron desplazamientos forzosos. Un ejemplo conocido es el “Trail of Tears”, la expulsión de pueblos como los cherokee.
Muchos grupos protestantes europeos (especialmente puritanos ingleses) interpretaron la migración a América como una “misión providencial” (voluntad divina), la construcción de una “nueva comunidad elegida” y la expansión de una sociedad basada en su interpretación bíblica, creando una sensación de legitimidad moral superior sobre la ocupación del territorio.
Desde una evaluación moral estricta la religión fue en gran medida un factor de legitimación y estructuración del sistema colonial, que permitió presentar la conquista como moralmente aceptable en su época. Fue parte del marco que hizo posible y sostenible un sistema que produjo sufrimiento masivo y transformaciones forzadas de sociedades enteras.
Entre las dinámicas comunes detectadas en numerosos contextos internacionales destacan la resistencia inicial a la transparencia y la preferencia por investigaciones internas; la protección reputacional de la institución por encima de la denuncia inmediata; el traslado de clérigos acusados en lugar de la comunicación a las autoridades civiles; el infra registro estadístico frente a cifras aportadas por víctimas, prensa o comisiones independientes; los retrasos en reconocer responsabilidad institucional; y las dificultades de acceso a justicia y reparación para los supervivientes.
El informe de Rete L’ABUSO
El informe elaborado por la asociación Rete L’ABUSO constituye en Italia una contrapropuesta crítica al informe oficial de la Conferencia Episcopal Italiana sobre abusos sexuales en la Iglesia católica. Como principal asociación de víctimas en el país, Rete L’Abuso sostiene que las investigaciones eclesiásticas internas resultan limitadas y no reflejan la verdadera dimensión del problema.
El documento expone la gravedad del abuso sexual clerical en Italia y denuncia tanto la falta de transparencia de la Iglesia católica como la inacción del Estado. Asimismo, señala una profunda contradicción entre las cifras oficiales presentadas por la Conferencia Episcopal Italiana y los miles de casos documentados por las víctimas. Según esta crítica, los mecanismos eclesiásticos habrían priorizado el secreto institucional por encima de la justicia civil.
Los autores también sostienen que el uso de acuerdos de confidencialidad y el traslado de agresores han favorecido la impunidad de numerosos delitos, manteniendo a menores en situación de riesgo. En conjunto, las fuentes ofrecen una radiografía alarmante de un sistema que, por omisión o por diseño, obstaculiza el acceso de los supervivientes a una justicia efectiva.
Estos patrones han aparecido de forma documentada en Estados Unidos, Irlanda, Francia, Alemania, Australia, Chile y España, entre otros. En Francia, por ejemplo, la comisión independiente CIASE alcanzó una notable amplitud investigadora, mientras que en Australia la Royal Commission desarrolló una actuación especialmente contundente.
El conjunto de casos internacionales sugiere que el problema no responde únicamente a conductas individuales aisladas, sino también a modelos de gobernanza que durante décadas priorizaron el control interno sobre la rendición de cuentas externa.
Informe de abusos por parte del clero en diferentes países







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