Cristianismo o cristiandad

Origen y desarrollo hasta nuestros días

Los castrati

Jesús y los niños

Cuando los discípulos intentaron apartar a los niños de Jesús, se indignó profundamente: «Dejen a los niños venir a mí; no traten de detenerlos». El relato bíblico especifica que los tomó afectuosamente en sus brazos y los bendijo, demostrando que merecían su tiempo y atención personal.

En respuesta a las disputas de sus apóstoles sobre quién de ellos era el más importante, Jesús colocó a un niño en medio de ellos. Declaró de forma tajante que «a menos que cambien y se hagan como niños pequeños, de ninguna manera entrarán en el Reino de los cielos»

Jesús vinculó el trato hacia los niños directamente con el trato hacia su propia persona: «Cualquiera que reciba a uno de estos niños pequeños sobre la base de mi nombre, a mí me recibe».

En las Sagradas Escrituras

En las cartas apostólicas se prohíbe de manera explícita el maltrato físico o psicológico. Por ejemplo, en Colosenses 3:21 y Efesios 6:4 se insta a los padres a criar a sus hijos bajo una disciplina fundamentada en el amor y la apacibilidad, ordenando estrictamente: «No estén irritando a sus hijos, para que ellos no se descorazonen».

En consecuencia, el modelo original de las Escrituras sitúa al niño como un ser digno de la máxima protección, cuyo valor es idéntico al de cualquier adulto ante el Creador.

Las mujeres y el canto

Durante siglos, la Iglesia Católica aplicó de forma equivocada un pasaje de la Biblia (1 Corintios 14:34): «Mulieres in ecclesiis taceant» («las mujeres guarden silencio en las congregaciones»).

Esta norma impuesta por la Iglesia prohibía que las mujeres tuvieran un papel activo en la liturgia pública. Como el canto en el coro se consideraba parte de las funciones oficiales del clero, quedaban excluidas del coro de la iglesia.

Esta regla se mantuvo firme durante más de mil años. Incluso en épocas más modernas, documentos oficiales de la Iglesia lo exigían por escrito. Por ejemplo, en el año 1903, el Papa Pío X publicó un famoso decreto sobre música sacra llamado Motu Proprio «Tra le sollecitudini». En él se especificaba que, al ser los cantores parte del ministerio de la Iglesia, las mujeres no podían formar parte de los coros ni capillas de música oficiales.

¿Cómo hacían con las notas agudas?

Para cantar polifonía o piezas complejas que requerían notas muy agudas (voces de soprano o contralto), la Iglesia tuvo que buscar alternativas masculinas. Se crearon escuelas de niños (las famosas escolanías) para entrenar a niños varones antes de que les cambiara la voz.

El engaño de "las voces femeninas sin mujeres"

La Iglesia y las instituciones musicales de la época se valieron de los castrati (niños con talento musical que antes de la pubertad eran castrados para impedir que su voz cambiara, manteniendo la agudeza de una mujer, pero con la potencia pulmonar de un hombre adulto).

El objetivo de la castración (que se realizaba a niños de entre 7 y 11 años) era detener la producción de testosterona. Las cuerdas vocales no crecían ni se engrosaban, por lo que la voz mantenía el registro agudo de un niño o una mujer. Sin embargo, el resto del cuerpo del niño seguía creciendo. Al llegar a la edad adulta, tenían la caja torácica y los pulmones de un hombre robusto. El resultado era una voz con la tesitura aguda de una mujer, pero con una potencia y capacidad de sostener notas que ninguna mujer o niño natural podía alcanzar.

Famoso castrati Farinelli Farinelli
Famoso castrati Farinelli

Los siglos XVI hasta XVIII

“El fenómeno se desarrolló desde mediados del siglo XVI y permaneció vigente durante varios siglos, con su apogeo en los siglos XVII y XVIII.” En 1589, el Papa Sixto V emitió una bula oficial que reorganizó el coro de la Basílica de San Pedro en el Vaticano para incluir formalmente a los castrati.

Durante el periodo Barroco, la práctica se convirtió en una auténtica industria impulsada por el nacimiento de la ópera. Se calcula que cada año se castraba a unos 4.000 niños en Italia. Las familias pobres entregaban voluntariamente a sus hijos de entre 8 y 12 años a barberos y cirujanos locales con la esperanza de que el niño se convirtiera en una estrella de la música y salvara a toda la familia de la miseria.

La mutilación de los niños se realizaba casi exclusivamente en Italia, pero los cantantes resultantes se convirtieron en un producto de exportación que dominó los escenarios y las iglesias de casi toda Europa. Italia funcionaba como la «fábrica» mundial de castrati.

Aunque en otros países no se llevaba a cabo esta práctica, sus reyes y nobles pagaban fortunas para traer a los mejores castrati italianos. Compositores como Händel escribían óperas enteras diseñadas exclusivamente para que las protagonizaran estas ‘estrellas’ italianas. En las cortes, los castrati eran los cantantes principales de las capillas reales y las óperas.

La hipocresía de la Iglesia y la ley

Por un lado, el derecho canónico prohibía la mutilación del cuerpo humano. Pero por otro, las autoridades eclesiásticas hacían la vista gorda. Cuando un niño castrado aparecía con una voz prodigiosa, los coros de las iglesias (incluida la mismísima Capilla Sixtina del Vaticano) los contrataban sin hacer preguntas.Para poder disfrutar del canto de los castrati sin «pecar» formalmente, la Iglesia y la sociedad de la época crearon un sistema de hipocresía compartida basado en dos pilares:

El pacto del silencio (La mentira aceptada): Cuando un niño castrado llegaba a pedir trabajo en el coro de una catedral o en el Vaticano, las autoridades eclesiásticas nunca investigaban el origen de su voz. Las familias y los cantantes presentaban declaraciones con excusas médicas falsas: decían que el niño había sido atacado por un jabalí, mordido por un cerdo o cualquier otra excusa que había obligado a los médicos a operarlo para salvar su vida. Como la castración con fines médicos no era pecado, la Iglesia aceptaba el documento, fingía creer la historia y contrataba al cantante.

Lo que significaba que el fin justificaba los medios. Los Papas y obispos consideraban que el esplendor del culto divino estaba por encima de todo. Creían que ofrecer a Dios la música más perfecta y hermosa posible justificaba «hacer la vista gorda» ante el pecado original de la operación. En consecuencia, ‘la ley se cumple, pero se esquiva’ sirvió para que la Iglesia católica resolviera su propia culpa mediante la burocracia y la hipocresía legal.

En la práctica, era: «ojos que no ven, corazón que no siente». Al aceptar certificados médicos falsos que justificaban la operación como un «accidente», los directores de los coros vaticanos se lavaban las manos. Nadie pecaba oficialmente, pero todos se beneficiaban del crimen.

Una fe basada en el Poder y el Estatus, no en el Evangelio

En los siglos XVII y XVIII, los Estados Pontificios (el Vaticano) operaban como un reino político más de Europa. La religión estaba profundamente ligada al estatus social. Tener el mejor coro del mundo era una demostración de poder político y económico frente a los reyes de Francia o Inglaterra. Pero cuando una religión se convierte en un aparato de poder estatal, los valores humanos y espirituales como el amor al prójimo o el cuidado de los niños suelen ser los primeros en sacrificarse en el altar de la conveniencia.

El drama humano detrás del éxito

Los niños que sobrevivían a la operación entraban a conservatorios especializados en Nápoles o Bolonia. Su rutina diaria era un régimen militar de maltrato y disciplina. Practicaban horas frente a un espejo para aprender a cantar sin mover los hombros. Se les obligaba a sostener una sola nota durante minutos usando un hilo de aire. Si desafinaban o mostraban cansancio, eran golpeados o privados de comida.

La castración del niño alteraba por completo su sistema endocrino provocando una serie de consecuencias físicas y psicológicas devastadoras que lo marcaban de forma irreversible para el resto de su vida. El niño crecía sin los límites biológicos habituales. Las placas de crecimiento de los huesos largos (piernas y brazos) tardaban mucho más en cerrarse. Como resultado, los castrati solían ser inusualmente altos, con extremidades desproporcionadas. Sus costillas crecían de forma exagerada. No les crecía vello facial (barba) ni corporal. Su piel permanecía extremadamente suave, pálida y propensa a las arrugas tempranas a medida que envejecían. Su laringe no crecía. Sus cuerdas vocales se quedaban cortas y flexibles como las de un niño, pero impulsadas por los pulmones de un ‘hombre’. En la edad adulta sufrían de osteoporosis severa, dolores óseos constantes y fragilidad muscular debido a la falta crónica de hormonas.

El impacto emocional de la mutilación marcaba su identidad desde la infancia. Eran irreversiblemente estériles. La incapacidad de tener una vida familiar en una sociedad que valoraba profundamente la descendencia les generaba un fuerte sentimiento de aislamiento. Aunque eran idolatrados sobre el escenario, fuera de él la sociedad los miraba con morbo, burla y desprecio. Eran llamados despectivamente «monstruos», «capones» o «tercer sexo». La Iglesia católica les prohibía estrictamente casarse por la iglesia, argumentando que el matrimonio requería la capacidad de consumar el acto con fines reproductivos.

Cómo se les castraba

La operación se realizaba de forma clandestina entre los 7 y los 11 años de edad, antes de que se activaran las hormonas de la pubertad. Se hacía en barberías, dispensarios rurales o trastiendas con herramientas muy rudimentarias.

Ante la ausencia de anestesia, se usaban sustancias como el opio o baños de agua a temperaturas extremas para intentar adormecer la zona, aunque tales prácticas eran sumamente peligrosas y no garantizaban la insensibilidad.

No existían las condiciones higiénicas, lo que resultaba en una tasa de mortalidad extremadamente elevada. Muchos niños perecían a causa de infecciones, hemorragias o complicaciones derivadas de la intervención. También se recurría a presionar la arteria carótida en el cuello para dejar al niño inconsciente por falta de oxígeno al cerebro (asfixia), un método tan rudimentario que causaba daños cerebrales irreversibles o la muerte directa por estrangulamiento.

Aunque es difícil ofrecer datos se estima que cerca de 100.000 niños fueron castrados en total a lo largo de los tres siglos que duró esta práctica en Europa. De los supervivientes, solo un 10% lograba desarrollar las aptitudes físicas y técnicas mínimas para dedicarse profesionalmente al canto en iglesias locales o parroquias. Si el niño fallecía, se le enterraba discretamente en tumbas sin marcar, pasando a formar parte de una de las listas de víctimas más trágicas e impunes de la historia del arte y de la religión. Es una de las prácticas más vergonzosas de la historia. La mutilación masiva de niños es un crimen absoluto.

Una fe basada en el poder y el estatus, no en el Evangelio

Que una institución que afirmaba seguir las enseñanzas de Jesús mantuviera esto durante tres siglos se explica por un fenómeno conocido como corrupción institucional, donde el poder, la estética y la política de una época terminaron «secuestrando» y anulando la moral del propio cristianismo que Jesús enseñó.

Los papas y cardenales decidieron que el fin justificaba los medios: si para ofrecer a Dios la música más perfecta del universo había que recurrir a niños mutilados, el «sacrificio» se daba por bueno en favor de la belleza del culto. Al aceptar esta práctica, los directores de los coros vaticanos se lavaban las manos. Nadie pecaba oficialmente, pero todos se beneficiaban del crimen.

Pero cuando una religión utiliza el lenguaje de la pureza, la santidad y la cercanía con Dios como un escudo para ocultar, justificar o normalizar el sufrimiento de los más indefensos, se produce la forma más extrema de corrupción moral. Al final fue algo tan simple como la ley de la oferta y la demanda: si no hay mercado para un producto, su producción se detiene por completo. La oferta existió únicamente porque las élites religiosas y culturales de Europa pagaron por ella (si no hubieran financiado y comprado ese talento, ninguna familia habría mutilado a sus hijos, porque no habría servido para nada).

El fin de un crimen institucionalizado

En 1589, el Papa Sixto V emitió una bula oficial que reorganizó el coro de la Basílica de San Pedro en el Vaticano para incluir formalmente a los castrati. En 1870, el recién unificado Reino de Italia prohibió definitivamente la castración por motivos musicales bajo severas penas de cárcel. Y en 1903, el Papa Pío X prohibió que los pocos que aún quedaban cantaran en el Vaticano, poniendo fin legal y oficial a la tradición.

EL PROYECTO

«Este portal es un repositorio de investigación histórico-bíblica, fruto de años de recopilación y análisis. Se ofrece como recurso de estudio para aquellos interesados en profundizar en los orígenes del cristianismo y el posterior desarrollo de la cristiandad».

CRÉDITOS

«Obra de carácter divulgativo y académico».

Todos los derechos reservados. 

© 2026 Joan Gutiérrez